lunes, 3 de junio de 2013

Diez


Qué diferente es todo. Cuando estaba embarazada de tu hermano estaba embarazada veinticuatro horas al día. Ahora es como si sólo estuviera embarazada cuando me acuerdo.
Cuando me llamaron por teléfono para citarnos para la primera ecografía apunté fecha y hora mientras hablaba (5 de abril. 11:15 am.) Cuando colgué me quedé un buen rato mirando el papel. “Es verdad. Estás ahí. Y te voy a ver”.



Hugo, Papá y yo fuimos en familia a verte por primera vez. Papá tenía a Hugo en brazos frente a mí, frente a nosotras, y vieron la pantalla antes que yo. Entonces pasó. Encendieron el audio. Tu corazón. Tu perfecto corazón nos gritaba tu presencia. Te oía a ti mientras veía a tu padre y a tu hermano. Y entonces comprendí. Ya somos cuatro.

martes, 28 de mayo de 2013

Ocho



Ni una gota de leche. Sabía que podía pasar, pero… No te lo voy a ocultar. No se lo voy a ocultar a nadie: estoy triste, muy triste.

Tengo mucho miedo. No estoy preparada para esto. No me siento nutritiva. No me siento tierra. No me siento nada. Mis fuentes, mis hermosos manantiales, se han secado  y me asusta horriblemente pensar que tu hermano se pueda destetar. No imaginas, nadie imagina, cuantísimo deseo que a pesar de ello tu hermano siga queriendo su amada teta…  No estoy preparada para abandonar esto. No estoy preparada para romper este lazo. No estoy preparada para no regalarnos (a los tres) nuestro tándem. Me apetece llorar y, por supuesto, he llorado.

“Y qué más da. Ya le has dado mucho tiempo”. No dejes que nadie, ni siquiera yo, te diga nunca por qué has o no has de llorar. Muchas veces, muchas personas, no entienden sus propios sentimientos. No esperes que entiendan los tuyos. Tus lágrimas, mi cielo, siempre serán tuyas. Haz con ellas lo que te plazca.



viernes, 24 de mayo de 2013

Seis



Estoy gorda. La báscula sube y yo sé que estás ahí.

Me miro al espejo y me redescubro. Estoy gorda, poderosa curvilínea. Soy una diosa fértil y me quiero más por tenerte nadando en mi interior. Soy la Jessica grande, la Jessica madre. Soy la engendradora de la reina de las hadas, del indómito león de alma poeta, y por ello soy magia: porque tú eres magia creciendo, convirtiendo en irreal y paralelo todo lo que has decidido que ha de estar en tu camino.

Ahora tengo miedo, pero sólo a veces porque la ilusión se abre paso, irremediable y arrolladoramente, como una luz nuclear: irrefrenable. Inevitable. Y a pesar de todo tan hermosa…

Tu hermano ha sido el primero en saber que vienes y serás de todos. En saber que tenemos un bebé. Y ahora cuando pide teta las reparte generoso con un “Este teta tú. Este teta bebé.” Hugo, generoso, empatía pura, me ha hecho darme cuenta: serás el gran regalo que le haremos a tu hermano. Él será el gran regalo que te estará esperando. Y ambos seréis el gran regalo que le dejaremos al mundo: dos maravillosas personas que aportarán amor, magia y color al mundo gris en el que se ha convertido este lugar.



lunes, 8 de abril de 2013

Tres






Creía que estaba tranquila, pero ahora que cada vez es más una posibilidad según me acerco a casa empiezo a impacientarme. Casi hasta me molesta físicamente tener que subir las escaleras. César no entiende que tenga que ser ya, creía que esperaría a mañana, pero sé que esto es fiable y yo no puedo seguir esperando. Esta impaciencia me va a matar.

Siempre me he sentido un poco ridícula con estas cosas. Supongo que si fuera un hombre sería más fácil, pero es que nunca sé a dónde empezar a apuntar. Y tampoco estoy muy segura de en qué momento detenerme. Rasgo el paquete y leo las instrucciones. Como si no supiera de sobra cómo funciona. Vamos allá. ¡No! No, aún no. Mejor me recojo el pelo. Joder, me voy a mear encima de los nervios. Hala, una coleta bien mona para que no se me caiga todo el pelo encima de la cara. Ahora sí. Vamos allá. Apunta, dispara, espera, quítalo, pósalo, espera… Dios, esto es lentísimo. Espera. Einstein, qué bien afinaste sin conocer estos cacharros. Llegas a conocerlos y tendríamos teoría unificada. Espera. El reloj parpadea. El mío interno ha debido detenerse. Espera. Ha pasado ya un minuto. Todavía un minuto. Ahí está, con letras prístinas como estrellas, ¡oh, sabia tecnología! “Embarazada”. Pero aún ha pasado un minuto. ¿Quedan dos? En la pantallita cabe un “No” delante de ese “Embarazada”. Que no salga. Que salga. Que no salga. Sale algo más. “Embarazada. 2-3”. Ostia… Sonrío. Me embarga. Casi lloro. Y de pronto “Oh dios… Qué hemos hecho.”

Me voy al salón. Tu hermano duerme en el sofá y tu padre ha tenido que saberlo nada más verme. Por aquello de que yo entré primero y mi mandíbula arrastrándose tres metros por detrás. Le pongo el test delante, apoyado en la mesa, y me siento en la sillita azul en la que come tu hermano. “¿Qué piensas?” ¿Me pregunta qué pienso? ¿Tengo que pensar? ¡No soy capaz de pensar! “Embarazada. 2-3”. Me quedo un buen rato mirando esa pantallita en silencio, intentando descifrar qué significa. Significa que estoy embarazada. De entre dos y tres semanas. Sé exactamente qué día fue: ese día que tentamos a la suerte y nos permitimos ser un poco irresponsables, bajo la premisa de “ya sería coincidencia”. Coño, pues fue. Significa que todo va a cambiar otra vez. ¿Significa que voy a querer menos a tu hermano? ¿Que voy a dedicarle menos tiempo? ¡No estoy preparada para quererle menos! ¡No estoy lista para quitarle tiempo! Ya lo entiendo. Significa que tengo miedo, hija. No sé muy bien a qué, pero tengo miedo.


lunes, 1 de abril de 2013

Que se jodan las croquetas



Me voy a dar un consejo, y seré breve:

Espabila. En serio. Espabila.

Conoces la teoría: disfruta cada momento porque el tiempo se te escapa entre los dedos. Disfruta de tu hijo. Exprime esos instantes al máximo. Agradece lo que tienes, porque lo tienes contigo y eso… Eso, créeme, no tiene precio. Aunque a veces se te olvide.

Conoces la teoría, pero aún te dejas llevar por la miseria. Por eso te pasó lo que te pasó ayer. Porque estabas alterada por vanalidades. Que se te rompe el coche, que la factura del teléfono ha llegado mal, que una señora te ha dicho que eres una mala madre porque tu hijo “no es sociable por tu culpa”. Y a todo esto le das vueltas mientras fríes dos san jacobos y cuatro tristes croquetas, porque tu desastrosidad organizativa ha hecho que otra vez vuelvas a encontrarte en fin de semana con la nevera vacía. Y mientras te sientes frustrada y cabreada por todas estas naderías, mientras el aceite va calentando para que las croquetas se doren poco a poco, te apoyas en la encimera y coges el móvil para ver qué novedades hay en Facebook. Como si el mundo virtual hubiera podido cambiar en los cinco últimos minutos. Y la encuentras. Y la lees.

La carta de una madre que cuenta a un íntimo grupo de mujeres cómo se despidió de su hija. Cómo se despidió de ella. Cómo la abrazó. Cómo la besó. Cómo le pidió perdón. Y lloras. Lloras larga e intensamente porque la entiendes, porque empatizas, porque es al tiempo lo más horrible, lo más bello y lo más intenso que has leído en tu vida. Lloras porque te sientes una mierda, porque te permites preocuparte y alterarte por nimiedades inútiles, en lugar de agradecer el inmenso regalo que es tenerlo ahí. Para darle otro abrazo. Para darle otro beso. Para, ojalá, tener mil oportunidades para pedirle perdón cuando tengas que hacerlo. Y reza para tener sabiduría para hacerlo. Lloras porque, a veces, aprender duele.


Y entre lágrimas y pañuelos de papel, con tu nevera vacía, se te ha quemado la cena. Pero qué más da.
Espabila. Ve a abrazarlo. Y que se jodan las croquetas.


lunes, 25 de marzo de 2013

Tú. Yo. El Universo.



Tú no lo sabes, pero yo lo hago cada noche:


Cuando te duermes, te miro, sonrío y te beso la frente. Pero no es un beso cualquiera. Cierro los ojos, poso despacito mis labios en tu sien y espero a sentir el calor de tu sangre en mi piel. Y entonces ya no estamos en nuestra habitación. En ese momento, tú y yo estamos en el Universo. Los planetas giran y bailan enloquecidos detrás de mis ojos. Veo soles que brillan lejanos para nosotros, y toda la energía que existe, ha existido y existirá se repliega en un vórtice frenético que confluye en mis labios, para devolverte con mi beso el calor que tú me das.

Y siento miedo, cariño mío. Porque me da vértigo asomarme a ese Universo donde sólo hay energía. Siento miedo, porque no quiero morirme. Porque ME ATERRA pensar que puede haber un lugar en el que yo no soy tu madre. En el que no puedo darte un beso cada noche.

Pero te prometo, mi amor, mi Príncipe, que intentaré estar allí. Que intentaré esperarte en nuestro planeta. Que bailaré cada noche bajo un millar de soles para que encuentres el camino por si en sueños, una noche, quieres venir a por tu beso. Que esperaré siempre, por si llegara el día en que quieras volver con mamá a casa.

Eso hago, cariño, cada noche: te llevo a buscar un poquito de esa luz tan tuya, que te hace tan especial. Tan único en nuestro Universo.






lunes, 18 de marzo de 2013

Dicen que Dios






Dicen que Dios hizo el mundo en seis días, y el séptimo descansó. Eso demuestra que Dios no tenía hijos.

Si Dios hubiera tenido hijos el séptimo día habría podido hacer cualquier cosa, pero descansar no. Habría ido al parque a pasar la tarde y se habría comido un helado de tres pisos. Habría jugado a los trenes y pintado con los dedos. Habría hecho galletas y se habría pasado una hora entera limpiando harina. Habría hecho un fuerte con cajas viejas, reparado las ruedas rotas de mil coches de juguete y se habría convertido en súper héroe saltando desde el sofá.

Si Dios hubiera tenido hijos, no habría tardado seis días: habría tardado al menos cien. Porque tendría que haber explicado pacientemente por qué aquí va un río y aquí toca una montaña. Por qué hay olas en el mar y no puede haberlas en las piedras. Habría tenido que hacer pausas para untar pan con chocolate, besar golpes en la cabeza y curar pupas en las rodillas. Habría tenido que limpiar la leche que se derramó en el suelo y habría recolocado los continentes una y otra y otra vez. Se habría quedado embobado tarde tras tarde, sólo mirando sus caritas de ángel mientras duermen la siesta. Esperando -¡inocente!- que duerman cinco minutos más para poder ducharse tranquilo.

Si Dios hubiera tenido hijos… El mundo le habría quedado mucho mejor.

Las cebras serían blancas y negras, moradas y verdes, rojas y azules. Las jirafas tendrían manchitas con forma de triángulo, diamante y corazón. Los hipopótamos estarían rellenos de caramelos y las vacas darían leche de todos los sabores.

No todos los ríos irían hacia abajo: algunos irían hacia arriba o incluso de lado. Algunos irían en círculos para poder jugar a marearse. Algunos serían de chocolate. No haría falta excavar túneles en las montañas para poder pasar: bastaría con pedirles educadamente que se apartaran. Podría nevar y hacer sol al mismo tiempo. Las nubes se podrían comer. El aire nos haría volar sólo con abrir los brazos. Podríamos caminar sobre el arcoíris.

Si Dios hubiera tenido hijos, no sería el Planeta Azul, sería el Planeta Colorín. El agua no sería toda azul: sería una acuarela siempre cambiante, porque todos los peces que viven en ella irían dejando un rastro de color tras de sí al nadar. Los árboles que funcionan con clorofila serían verdes, pero habría árboles blancos que funcionan con estrellas, y árboles azules que funcionan con plastilina… Y aquellos de allí, aquellos rosas tan bonitos… Esos, funcionan con el pintalabios de mamá. Ese que lleva tanto tiempo en un cajón.

Si Dios hubiera tenido hijos, habría menos plástico y más madera. Menos deberes y más escondites. Menos relojes y más tiempo.

Si Dios hubiera tenido hijos, habría más niños felices y menos adultos tristes.

Sí… Dicen que Dios hizo el mundo en sólo seis días, y el séptimo pudo descansar… Pero ojalá hubiera tenido hijos.