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miércoles, 14 de octubre de 2015

Querida Yo de hace dos años. Exactamente dos.



Querida Yo de hace dos años,

Hoy a tu bebé han de pesarle los meses, porque casi son las 10:30 y aún duerme. Es lo que tiene el tiempo: que nos pesa a todos.

Te voy a contar que justo dentro de dos años, catorce de octubre de dos mil quince, vas a llorar recordando casi tanto como reirás hoy pariendo. En el fondo lo sabías: se puede disfrutar, se puede reír. Puede ser diferente. Sabes que puede. Lo que aún no sabes es que lo será, y que la felicidad de ese momento te acompañará siempre.

Te voy a contar que tu bebé empieza a no ser tan bebé. Que le están saliendo los últimos dientes: los cuatro colmillos a la vez. Que desde hace un par de semanas se está arrancando a formar palabras inteligibles. Que en casa pide ir al baño y nos deja a todos locos.

Descubrirás que el gen princesa debe saltarse una generación: a tu hija le encantan los zapatos y la música. Y descubrirás que el gen guerrera crece de una generación a otra: a tu hija nadie la obliga a hacer algo que no quiere. Aún no has sido capaz de peinarla. Cuando lo haces, sacude la cabeza de un lado a otro hasta que deja el pelo más revuelto que al principio. Que da igual cómo de anticlichés quieras ponerte: le encanta jugar con muñecas. A dormirlas, a darles teta, a ser su cuidadora veinticuatro horas al día. Incluso por la noche. Que el gen madre es igual para todas.

Te voy a contar que con año y medio escogió su primer libro en la biblioteca. “Zapatos”, de Kalandraka, y te reíste las dos semanas que tuvisteis el libro en casa. Cómo no. “Zapatos”. También que poco después ya era capaz de entrar en la biblioteca, devolver sus libros e ir a elegir otros ella sola. Hugo es sin duda un gran ejemplo.

Esto te va a encantar: hace meses que elige qué zapatos ponerse. Ay, sus “pipis”… Siempre se pone un zapato de cada. Te voy a ahorrar una molestia: no intentes darle el cambiazo. Se dará cuenta. ¡Y será terrible!

Te voy a contar que Aine es Arte. Arte explosivo, abstracto, de materia efímera y emoción intensa. Que le encanta pintar. Que antes de aprender a caminar sabrá coger el pincel como una maestra y llorarás de emoción –porque eres una llorona muy emotiva-. Que para ella cualquier superficie es lienzo; cualquier ruido melodioso es música bailable.

Te voy a contar que le encantan los besos y los abrazos. Que a veces te coge la cara y te mira a los ojos y parece que te estuviera viendo el corazón. Que te estampa unos besos grandiosos con más sonrisas que babas. Que le encanta abrazar tu pecho desnudo. “¡Mamá, dos! ¡Dos tetas!”. Te voy a contar que dentro de dos años os gustará sentiros la piel tanto como lo hará dentro de un ratito (porque eso es lo que os queda para conoceros: un ratito). Y te voy a pedir que pienses algo que hacer con la placenta: ¡dos años en el congelador roza lo ridículo!

Quizá no sepas esto, o quizá lo sepas en lo más hondo de tu ser: ese rincón. ESE. Durante los próximos años, cada vez que te sientes ahí, te sentirás viva. Poderosa. Mágica. Conectada. Infinita. Y llegará un momento, creo, en que ese sentimiento será tan grande, tan enorme, que ya no cabrá en ese rincón y se te meterá dentro del alma, y ya no te dejará nunca. Verás el mundo desde otra perspectiva. Verás el mundo desde las estrellas. Verás el mundo como lo ha de ver el Universo.

Pero, querida Yo de hace dos años, intenta no pensar en todo esto que te cuento, porque probablemente aún no lo entiendas. Probablemente tampoco lo entiendas del todo dentro de dos años. Puede que sólo sea la realidad imaginaria que nadie le negaría a un loco. Pero ¡ay! No imaginas lo feliz que eres en esta loca realidad.


Felicidades, antigua Yo. Te espero aquí, otra vez, dentro de un año.




jueves, 22 de mayo de 2014

Que no nos callen ¡NUNCA!

Reclamé por un abuso y el hospital me dio la razón. Expedientan a la tocóloga.



Escribo esto entre la emoción de quien siente que ha dado un gran paso y la incertidumbre de no saber por dónde empezar, así que voy a empezar por el principio y de manera clara:

El pasado mes de septiembre sufrí un abuso. Se vulneraron mis derechos como ser humano, mujer, embarazada y paciente.

Estaba en mi embarazo, mi segundo embarazo, y estaba decidida a llevarlo de un modo mucho más consciente y participativo que el primero. De forma que, de manera autónoma, localicé a través de fuentes fiables, como la OMS, la FAME y EPEN, información acerca de todas las prácticas que suelen hacerse en los hospitales, como son las exploraciones, el test de O'Sullivan (la prueba del azúcar) o el estreptococo, por ejemplo, y que se practican muchas veces bajo un imperativo cordial y rutinario y no ofreciéndolas como una opción, haciendo que en ocasiones olvidemos que TODO cuanto concierne a estos protocolos es SIEMPRE OPCIONAL. 

Una de las cosas que tuve claras desde el minuto cero, era que no querría exploraciones físicas, tactos, durante todo el embarazo y, si no eran estrictamente necesarias, tampoco las querría durante el parto. Lo comuniqué ya en la primera cita de control, en la que, tras completar mi historia, la tocóloga me dio una instrucción rutinaria: 
“Pasa para dentro y desnúdate de cintura para abajo, que vamos a hacerte la exploración.” 
Ante mi negativa se mostró sorprendida, quizás un poco “guasona” al preguntarme “por quién están desaconsejadas las exploraciones durante el embarazo” (como si me lo hubiera recomendado alguna mística curandera que, aunque no, daría igual si así hubiera sido), pero desde luego respetó mi decisión.

En mi ciudad existen dos hospitales: uno de ellos es el hospital de Jove, donde no tienen ginecología de urgencias y es por ello que a las embarazadas que nos toca por zona ese hospital nos hacen el seguimiento hasta la semana 36 y después trasladan nuestro expediente al otro hospital, el de Cabueñes. La visita de la semana 36, el 17 de septiembre de 2013, sería mi última visita a esa consulta de tocología. 





Yo ya sabía que a esa visita correspondía la prueba del estreptococo y, al igual que en todas las demás pruebas, me informé sobre ello y decidí que sí quería conocer el resultado para, en caso de ser positiva, decidir también sobre la administración de antibiótico durante el parto. En la consulta, la tocóloga me indicó que, “en teoría”, me tocaba la prueba del estreptococo. Imagino que su particular indicación fue así porque recordaba de las consultas anteriores que yo no quería que se me practicaran exploraciones aunque, evidentemente, coger una muestra de la boca de la vagina y el ano es muy distinto a hacer una exploración. De todas formas,yo sí quería hacerme esa prueba y, mientras mi hijo mayor, de 3 años de edad, jugaba con un lápiz sentado en una silla de la consulta, yo me desvestí y me coloqué en posición de litotomía en el potro. La enfermera estaba a mi izquierda. La tocóloga vino con los dos bastones de muestras, las recogió, las guardó y, acto seguido, introdujo sus dedos en mi vagina. Me incorporé cuanto pude de un salto en el potro, al grito –y digo grito- de “¡Eh, eh! ¡Exploración no! ¡Exploración no!”, cuya respuesta por parte de la doctora fue penetrar más hondo con los dedos, reírse y contestarme: 
“Pero no te preocupes, mujer, si esto es un momento. Ya verás que rápido”. Retiró los dedos y dijo “¿Lo ves? Ya estás explorada. ¿A que no ha sido para tanto? No tienes el cuello del útero modificado.”. Dato, por cierto, que no necesitaba saber en absoluto. Sonriéndome, se dio el lujo de añadir: “Y tranquila, mujer, que no te “revolví” nada”. Aquí me permito anotar que “revolver” es el nombre que en Asturias se le da de manera ‘coloquial’ a la maniobra de Hamilton.


Mi reacción fue mirar a mi hijo, que esperaba sentado con su lápiz, mirar a la enfermera, en cuya expresión facial me pareció apreciar que se daba cuenta de la gravedad de la situación, y guardar silencio hasta llegar al coche, donde rompí a llorar.

Me sentí violada, física y moralmente. Me sentí, francamente, el mayor pedazo de mierda que pisaba la tierra.






Imagino que no hace falta que os cuente: fuera de este círculo de maternidad consciente, los comentarios al contarlo variaban de "estás exagerando" y "solo estaba haciendo su trabajo" a "cómo va a ser un abuso, si es una mujer". Aunque, todo he de decirlo, la mayor parte de las reacciones fueron de apoyo.

Llena de rabia, me armé de documentación que avalara, ley en mano, mi sentir, como la Ley de Autonomía del Paciente, la Ley General de Sanidad, el Código Penal, la Estrategia Nacional de Salud Sexual y Reproductiva, la Iniciativa al Parto Normal y alguna cosa que seguro que me dejo. Pero, por algún motivo, no era capaz de ponerme frente al ordenador a escribir la reclamación. Así que quise concederme un final de embarazo tranquilo y así poder tener mi parto soñado, en casita, lejos de batas blancas y dedos intrusos. 

Fueron pasando los meses y siempre pensaba: "lo haré la semana que viene". Pero nunca me sentaba a escribir la reclamación. En abril tuve mucho, muchísimo trabajo, y quizá porque tenía la mente tan distraída con todo, porque entré en un frenesí de "lo voy a quitar todo de en medio cuanto antes", de repente y sin haberlo planeado me senté a escribir la reclamación. Y entonces entendí por qué no la había escrito antes: porque me dolía recordar. Lloré y temblé mientras la escribía. Pero la escribí.

Por recomendación de un amigo enfermero, la dirigí tanto al Hospital como a la Comisión Deontológica del Colegio de Médicos de Asturias. Entregué las cartas personalmente en ambas sedes, llevándome conmigo sendas copias selladas. Esto fue hace justo un mes: escribí la reclamación un sábado 19, y las entregué el lunes 21 por la mañana.

Ayer, recibí la primera contestación: la del Hospital de Jove. Pensaba que sacarían las uñas, que lo negarían todo, que me llamarían loca... Y no. Me comunican lo siguiente:

"(...) Entendemos que no existe una disculpa clara (de la tocóloga) por no haber respetado su deseo de que no se le realizaran exploraciones físicas durante su embarazo, deseo del que hay constancia escrita en su historia clínica, y que representa una circunstancia muy grave, lo que nos obliga a abrir expediente disciplinario contra la Dra. XXXX.

(...) En este caso con respecto a usted, el daño está hecho y por ello queremos transmitirle nuestras más sinceras disculpas y compartir la razón que le atribuyen todos sus argumentos. No podemos hacer otra cosa. Lamentamos profundamente lo sucedido."



No puedo hacer menos que agradecer al Hospital su actuación y respuesta. Porque el cambio que buscamos está en todos, y es imposible logralo sin pelearlo juntos: profesionales y usuarios.

Victoria, chicas. Victoria. Son nuestros derechos, es nuestro cuerpo. No podemos consentir que el abuso esté normalizado. No podemos consentir que nos digan que en nuestro cuerpo decide otro. 

Merece la pena. Reclamad. No os calléis, por favor. Que no nos callen ¡NUNCA!

jueves, 14 de noviembre de 2013

HIJAS DE LILITH. Nuestro parto en casa.

Hija, aprenderás muchas cosas con el tiempo. Aprenderás que el cielo está arriba y el suelo abajo. Aprenderás que las estrellas están mucho más lejos que la luna y que la vaca –pobre vaca-, al final, no puede saltar sobre ella. Aprenderás a caminar y a dejar que tus pasos te lleven lejos. Espero que también aprendas a dejar que sean tus deseos, y los de nadie más, los que guíen esos pasos. Y un día aprenderás, también, que tu madre es profundamente imperfecta. Que quiero estar mona, pero odio maquillarme. Que me encanta leer, pero nunca tengo tiempo. Que las canas, en realidad, no me quedan tan elegantes como creo. Que soy desordenada y caótica. Y que siempre tengo un “lo hago mañana sin falta” entre manos. Pero el relato de cómo llegaste al mundo, mi amor, ahora que faltan poquito más de veinticuatro horas para llegar a tu primer mes de vida entre mis brazos, ya no puede esperar otro mañana más. Lo compartiré con quien quiera leerlo… Pero te lo escribo a ti:





Hijas de Lilith     

Así nació mi Reina de las Hadas.


“Génesis 3:16 – A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos.” 


La última noche que viviste dentro de mí me desperté, como cada noche de los últimos meses, varias veces. Ahora no encuentro postura, ahora tengo sed, ahora me preocupo por Hugo porque ha estado malito, ahora me desvelo… Y sentada en la cama sentía cómo la pelvis quería abrirse. Sentía cómo un canal entre mis huesos buscaba su lugar. Llevabas un mes ahí abajo, muy encajada. Recuerdo perfectamente el día que te sentí descender, y cómo sentí desplazarse hacia atrás el sacro. Pero en la cama, esa noche, la sensación era diferente: sentía que mi pelvis se abría en horizontal como si unas manos imaginarias empujaran desde dentro. Pensé “Esto es la relaxina… Mañana me pondré de parto.” Desconozco si estaría en lo cierto o no con la relaxina, pero tú naciste horas después. Sabía que venías. Me dormí de nuevo sonriendo.

Al despertar por la mañana sentí la primera contracción. Puede que tuviera alguna antes, pero eran tan leves, tan cortas, ocupaban en mi útero un espacio tan pequeñito, que apenas molestaban. Pero sonreí. Sólo era la primera, pero la reconocí. Claro que la reconocí. Nos habíamos conocido cuando nació tu hermano, y a alguien así no se le olvida…

Me pasé el día esperando perder el bendito tapón. O aunque fuera un poquito de sangre. Esperando notar las contracciones más dolorosas, más intensas, pero seguían espaciadas como para anunciar un parto inminente, más molestas que dolorosas y haciéndose notar sólo en el bajo vientre, el tapón no aparecía y ni hablar de romper aguas. Eso sí: ¡qué sucio está el suelo de la cocina! “¡Papi, friega este suelo por dios!”. Aunque ya había hablado con nuestras matronas, con las bellas mujeres que nos ayudarían a recibirte en casa, las avisé finalmente a  las cinco y cuarenta de la tarde.  Venían desde Santander. Yo quería ducharme y echarme una siesta… Pero estaba muy inquieta, de pronto tenía un millón de cosas que hacer, así que se quedó en un baño tranquilo. Una, Cristina, llegó a las ocho y media y Esther, fisio obstétrica que ha acompañado muchos partos, ya estaba con nosotros. La otra matrona, María, llegó a las nueve. (Lo cierto es que el día se me pasó volando. Llegué a comentar en voz alta que había perdido la noción del tiempo). Yo le abrí la puerta con una gran sonrisa en la cara. Llevaba todo el día sonriendo. Sabía que faltaba poco para tenerte en mis brazos, pero ni en broma me imaginaba lo poco que faltaba.

Wasabi


Estuve con ellas en la cocina, hablando, riendo, enseñándoles las riquísimas cositas que las mamás de nuestra tribu habían hecho y nos habían regalado, comiendo un yogur (de los que hago yo) con mermelada de higos (de la que hace Tamara). Ya sé que todos estos nombres a ti no te dicen nada, mi cielo. Pero para mí tienen significado, porque todos ellos rodean el momento en que me enamoré perdidamente por segunda vez. Las contracciones venían cortas, pequeñas, dolorosas sí, pero dolorosas como un mordisco en un pezón, no como un dolor de muelas. Dolorosas como un impacto breve que deja un rastro de gusto, no como una tortura que sólo te martillea preguntándote cuándo va a acabar. Dolorosas como el wasabi, no como una guindilla. Mientras tanto pensaba que ya había avisado a tus tíos de que venías, pero debería avisar a los abuelos. El fotógrafo que iba a venir a inmortalizar el momento sabía que había empezado todo, pero aún no queríamos traerlo porque “iba para largo”. Había cargado la batería de la cámara porque me hacía muchísima ilusión grabar el momento en vídeo. Esther había traído unas preciosas velitas que ella misma había hecho y olían a miel y canela. Tenía preparado un cd de música mágica que desde Galicia nos envió Cris: nada menos que el mismo cd que la acompañó a ella sólo un par de meses atrás, cuando Yohualli vino a este mundo. Las mamás de nuestra tribu encendieron velas y nos llenaron de fotos de toda esa luz, que nos iba a acompañar en el camino. Teníamos el entorno más cargado de buena energía que nadie pueda querer. Yo estaba esperando algo, alguna señal: más dolor, más intensidad, sangre, tapón… ¡algo!

Escala en Planeta Parto


Algún punto entre las nueve y media y las diez. Fui al salón. Por más que lo he intentado no recuerdo a qué, ni recuerdo por qué me senté en el suelo y me apoyé en la mesa. Pero lo hice, y se hizo el sueño…
Algún día puede que también aprendas cómo te quedas después de fumar más hierba de la que tu yo consciente puede soportar. Así estaba yo. Incapaz de mantener los ojos abiertos, babeando de inconsciencia, absolutamente ida. Sin mover el culo del sitio, fue primero la mesa, luego la pelota y finalmente el sofá. Me ayudaron a estar cómoda poniéndome debajo una almohada y en algún momento cambiaron esa almohada por uno de los cojines grandes de nuestro mítico sofá azul (Dile a papá que te cuente cuánto tiempo tardó en elegir sofá. Ni que supiera lo importante que iba a ser su papel algún día). Tengo recuerdos muy confusos, desvanecidos. Como si viera las cosas desde el interior de una burbuja. Recuerdo ver dibujos de tu hermano, los Wonder Pets, en la tele, bailando algo hawaiano, coger el mando y poner The Walking Dead (estrenaban la cuarta temporada, que está resultando ser un petardo). Recuerdo decirle a Esther que tenía un sueño muy tonto. Recuerdo que Cris me ofreció agua y la acepté, pero aparté la pajita (odio beber agua por pajita…). Recuerdo ver a papá dándole la cena a Hugo –bicis de pasta, ¡acierto seguro!- en la mesa del ordenador. Recuerdo que de pronto ya no estaban allí. Recuerdo que despertaba cuando venía una contracción, apoyada en la pelota me echaba un poco hacia atrás, sujetándome en la mesa, respiraba, disfrutaba y volvía a dormir. Y recuerdo que me preguntaba cuánto duraría aquello, porque sentía cómo la pelvis se abría un poco con cada contracción, pero seguían siendo cortas, pequeñitas… Ninguna la llegaba a sentir a la altura del ombligo. Seguía sin siquiera sangrar un poquitín. Era el dolor más soportable, tranquilo y dulce del mundo. Y de repente tuve mucho frío.
Gabriel García Márquez dijo que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda”. A partir de aquí, cariño, te contaré lo que recuerdo yo:


Las crónicas de Aine: el salón, el baño y la ventana.


Estaba sola: las caricias no me aliviaban y no quería que nadie me tocase. Estaba perfectamente yo sola, así que sola me dejaron. Oía las voces de tres mujeres hablar en la cocina, animadas como en un café cosa que, no sabría decir por qué, me mantenía tranquila. Quizás porque la cotidianidad le otorgaba más naturalidad a todo. Hasta que oyeron llegar mi voz desde el salón: “¿Puede alguien cerrar esta ventana?”. Vino Esther. Cristina y María estaban cenando, para tener energías el tiempo que quedase por delante (aunque esto, claro, lo supe al día siguiente). Justo después, vino una contracción enorme, muy muy intensa. Tan intensa que me quitó el sueño de golpe. Le dije a Esther que sentía que me partía en dos y que, si aquello era sólo para borrar el cuello, no sabía si aguantaría hasta que nacieras. Me preocupaba de verdad: temía que después de todo, del esfuerzo, los disgustos, la ilusión… Después de que tantísima gente participara para ayudarnos a conseguirlo, al final no pudiera aguantar hasta que llegaras. También dije que quería que la siguiente contracción me cogiera sentada en el váter, así que me levanté y allí me fui.
Me acuerdo de papá mirándome desde la puerta. Al día siguiente le pregunté si de verdad había gritado como yo me oía o si habían sido imaginaciones mías. “Estabas orgásmica perdida”. Aunque en el momento creí que era una contracción, aquello fue el primer pujo. Ya venías, y ni siquiera me estaba dando cuenta. ¿Cómo iba a darme cuenta? ¡No podía ser tan rápido! Pero me retorcí sobre mí misma, me apoyé en la pared, y lo gocé como el dolor más pleno y salvaje que he experimentado en mi vida. No me preguntes por qué, pero me quité las bragas. Algo defraudada, además, porque seguían limpias. Al salir del baño, inocente de mí, le dije a papá que llamara al fotógrafo, pero ya no dio tiempo ni a coger el teléfono. Al llegar al salón quise volver a sentarme en el cojín del suelo… Pero mi cuerpo reaccionó, sentí llegar la ola y me obligó a girarme. Como si me estuvieras gritando desde dentro que ni de coña me dejarías tapar la salida. Así que me giré rápido, apoyé los brazos en el sofá, en el rinconcito del chaise longue, quedé en cuclillas, totalmente abierta al mundo, y aullé con el siguiente pujo. Vino María. Otra contracción más y yo me sentía partir en dos. “Sabía” que esa sensación tenías que ser tú. Pero también “sabía” que era imposible que fuera tan rápido. Así que esa parte consciente que me hablaba desde el fondo, la no salvaje, la no animal, la que no se estaba dejando llevar sino que era arrastrada me decía “o es el bebé, o aquí algo va muy pero que muy mal”. Me asusté, Aine. En ese momento me asusté mucho, pensando que podías no ser tú. Y así, asustada, sintiendo las contracciones recorrerme entera como un escalofrío, sintiendo cómo toda yo me desencajaba para abrirte camino, pregunté:

-     -  ¡¿Pero qué pasa?! ¡¿Es el bebé?!

María sonrió, asintió tranquila y no sé si llegué a llorar, pero creo que lloré. Sonreí y un par de lágrimas asomaron a mis ojos, porque todo estaba bien. Porque tú estabas bien y venías a mis brazos, impetuosa y mágica como te había imaginado. “Este bebé está muy contento”. Era la voz de María. Llegó Cristina. Papá sostenía a Hugo en brazos, detrás de ellas. Las contracciones llegaban en cascada. En un momento dado nos faltó el aire, mi amor, y la voz tranquila pero segura de María me dijo que tendría que empujar en la siguiente contracción para ayudarte. Temía no estar a la altura. Recuerdo haber pedido ayuda, pero no: negaron sonriendo y nadie tiró de ti, porque sabían que tú y yo podíamos. Me llegó nítida, una sola vez, la voz de Esther diciéndome “Respira”. No hubo tiempo para encender velas, ni poner la música, ni coger la cámara. De repente llegaste, Aine. Naciste bajo tus reglas, no bajo las mías. Naciste única e increíble. Naciste tú. Naciste con la bolsa íntegra, haciéndote -haciéndonos- más fácil el camino. La bolsa que fue tu hogar llegó delante de ti y la rompiste con la cabecita, y toda el agua que nacía contigo te bañó nada más llegar. Antes de alcanzar a verte te oí llorar. Antes de alcanzar a verte oí a papá decirle a Hugo: “Mira cariño, es tu hermana.” Yo ya lo sabía. Eras mi reina de las hadas. Mi ninfa salvaje. Mi preciosa Aine. Te recogí cremosa sobre mi pecho. Y me enamoré de ti, de tu piel, de tu olor a sangre y calor. Me enamoré de cada centímetro nuestro, mi vida. A las once menos diez de la noche te tenía entre mis brazos. Y me dio pena no tenerte ya dentro de mí.

Mujeres


Todos los bebés del mundo deberían tener derecho a nacer así. Todas las madres del mundo deberían tener derecho a parir así. Por cómo naciste, y por todo lo que siguió.
Recuerdo que bromeé con las matronas. Les dije que habían llegado desde Santander a Gijón y que casi no llegan de la cocina al salón. También recuerdo que dije que había sido más fácil de lo que esperaba. ¡Claro! Esperaba estar toda la noche, y apenas había oscurecido ya te tenía conmigo.
Todo fue lento. Todo fue paciente. Esperamos al alumbramiento de la placenta y ¡qué grandes! Como si me hubieran leído la mente, las matronas grabaron nuestro árbol en papel. Papá cortó el cordón. Con infinita paciencia me explicaron pros y contras de coser un par de puntos, esperaron, me pusieron anestesia, otro poquito más, me sostuvieron las piernas, me cosieron sin prisas. No me hacía falta la noción del tiempo que ya había perdido: en el lugar en el que nos encontrábamos no existían los relojes.

Qué sensación, Aine, tan simple y tan perfecta. En aquel momento ya no fui la niña estúpida pendiente de recibir aprobación de los mayores; no fui la campeona que lo había hecho bien esperando la medalla; no fui la idiota que regaló su parto a “los que saben”. Ni grande ni pequeña. Ni sabia ni ignorante. Sólo era una mujer. Una mujer entre mujeres. Una mujer entre iguales. Tan simple. Tan perfecto.




Aine, nunca te conformes con menos de lo que quieres, ni con menos de lo que te mereces. Te miro a ti y miro a tu hermano, los momentos tranquilos y felices que pasamos, y la verdad se abre clara ante mí como se abrió mi cuerpo para vosotros: nacemos para ser amados, para ser besados, abrazados y cuidados. Nacemos para reír, para reír hasta que duela. Nacemos para emocionarnos y para llorar cuando queramos, si es que queremos. Si es que vale la pena. Nacemos para vivir como somos y no como esperan. Nacemos para ser auténticos. Nacemos, no para encontrar la felicidad, sino para disfrutar del camino.

Y ese es el primer regalo que puedo hacerte, Aine: nuestro parto, tuyo y mío. Vive, cariño, por favor, vive siempre igual que naciste. Ese ha sido tu primer paso. Nunca olvides que has nacido para disfrutar del camino.

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Algunos escritos hebreos, no incluídos en La Biblia, cuentan que Eva no fue la primera mujer de Adán, sino que ese lugar le correspondió a Lilith, creada de la tierra, al igual que Adán, para ser igual a él. No aceptaba tener que ponerse bajo Adán para copular, y prefirió irse por su propio pie del Paraíso  a verse sometida. Cuando Dios condenó, no fue a ella.
Siempre podremos elegir no ser hijas de Eva.



jueves, 19 de septiembre de 2013

Violación


Voy a lanzar una pregunta al aire, a ver qué opináis. Ojo, que no es fácil:

¿De qué depende que una violación sea tal cosa? Entendiendo aquí "violación" no sólo en su sentido más usado de abuso carnal no consentido, sino también como acto que va en contra de la ley y el juicio, como profanación de algo implícitamente 'sagrado' (http://lema.rae.es/drae/?val=violaci%C3%B3n).

Imaginemos varios supuestos:


Supuesto número 1:


Imagen extraída de eldinamo.cl


Una mujer y su marido/compañero/novio se van a la cama a dormir y él se deja reposar sobre ella. Ella le hace saber que no le apetece sexo, él insiste. Ella se empieza a poner algo nerviosa y le dice que no. Así durante un rato cada vez más tenso, en el que ella se siente cada vez más incómoda y más nerviosa y a él se le empieza a nublar un poco el sentido común. Hasta que, en un momento dado, y aún posado sobre ella, impidiéndole el movimiento, atañe el consabido "sólo la puntita", le aparta las bragas y la penetra. ¿Esto es violación? Ella y su marido han hecho el amor muchas veces y a ella no le queda ninguna secuela física... Simplemente no le apetecía. ¿Es o no es violación?


Supuesto número 2:

Una mujer va a hacerse un piercing en el clítoris. Cuando está acostada el profesional le dice que le atará los tobillos, porque aunque le pondrá anestesia es posible que le duela un poco y algunas mujeres tienen el acto reflejo de dar una patada, así que es para evitar daños mayores. Cuando ya la tiene amarrada y desnuda de cintura para abajo, al tío se le pone de repente cara de sádico al más puro estilo Urotsukidoji, empieza a sacar -sin que la mujer lo vea- un montón de juguetes sexuales y, antes de que ella se dé cuenta de nada, empieza a penetrarla con una goma enroscada llena de 'bonitos diamantitos placenteros'.


Fairy Tail Gajeel

La mujer intenta zafarse, pero sumando miedo y objeto-extraño-en-vagina no es capaz de incorporarse. Le dice que pare pero el sádico, riendo, le dice que no se preocupe, que no va a tardar mucho... Y era verdad: en apenas dos minutos de pseudo-forcejeo el precoz sádico satisfizo su deseo. ¿Esto es violación? La mujer, por propia voluntad, se desnudó ante un desconocido y accedió a colocarse en una postura indefensa. Y, después de todo, fueron apenas dos minutos y ella no tiene absolutamente ninguna secuela física. Si acaso un pequeño rasguño interno causado por uno de los diamantitos del aparatejo. ¿Esto es o no es violación?



Supuesto Número 3:

Una mujer embarazada de ocho meses va al tocólogo a un control rutinario y a hacerse la prueba del estreptococo, que consiste en tomar una muestra con un bastón de la boca de la vagina y el ano. La mujer expresa en repetidas ocasiones su deseo de que no le hagan exploraciones durante el embarazo y el ginecólogo, aparentemente, lo respeta. La mujer se coloca en el potro, en posición de litotomía, con los pies metidos en los estribos. Llega el ginecólogo con los bastones, coge muestras y, rápido como un rayo, le mete los dedos en la vagina. Ella da un salto y le grita que pare, que no lo haga. El ginecólogo se ríe, mete la mano más al fondo y le dice "Mujer, si esto no es nada! Mira, ves que rápido? Ya estás explorada. ¿A que no ha sido para tanto?" ¿Esto es violación? Ella ya ha se ha hecho más exploraciones en su vida, el ginecólogo es un profesional de la salud y lo que ha hecho no le acarrea a ella ninguna secuela física, al margen de unos pinchazos algo dolorosos que desaparecieron en menos de un día, unas cuantas contracciones incómodas y un poco de sangrado, que se considera normal. ¿Esto es o no es violación?


Imagen extraída de saluddiaria.com


¿Qué creéis? Os voy a repetir la pregunta del principio, que quizás a estas alturas se os ha olvidado:




¿De qué depende que una violación sea tal cosa?

¿Depende de qué le hayan metido a la mujer? ¿De quién lo haya hecho? ¿De en qué contexto? ¿De la intencionalidad?

Probablemente en el Supuesto 1 la cosa esté en duda para muchas personas. ¿Quizás habría que saber cómo es en general la relación de esa pareja? ¿Si él es un maltratador que la tiene sometida? ¿Cómo son normalmente en la cama? Se conocen, son pareja... Es difícil. ¿La violación depende entonces de quién la ha cometido? 
El Supuesto 2 está bastante claro, ¿verdad? Ella ha ido a hacerse un piercing, no a que un sádico salido la penetre sin previo aviso y sin consentimiento para satisfacer sus desvíos sexuales. ¿Depende entonces la intención?
En el Supuesto 3, estoy segura de que la mayoría de la gente (no hablo de la mayoría de quienes leen este blog) no verán la falta. Sin embargo, ella va a hacerse una prueba y la penetran también, sin previo aviso, sin consentimiento y contra su expresa voluntad. Pero no tiene un fin sexual. Además, sólo han sido dos dedos. Entonces, ¿sí depende de la intencionalidad? ¿De con qué se practique? ¿Del contexto en que suceda? 

Bueno, el ginecólogo lo hace a diario varias veces. Creo que el sádico del Supuesto 2 también. El marido lo ha hecho por primera y seguramente última vez. ¿Entonces depende de la frecuencia? Pero el ginecólogo está trabajando. Con lo cual, ¿podría depender de que esté remunerado? Uy, que miedito.

¿Depende de las secuelas físicas? Porque de nuestros tres supuestos el peor ha sido, precisamente, el 3... En serio, ¿qué diferencias véis? ¿Por qué unos sí y otros no? Y si os dijera que las tres mujeres, después de sus supuestos, se echaron a llorar, ¿cambiaría algo?


¿En qué punto deja de importar la voluntad de la mujer y su derecho a decidir sobre sí misma para ceder ese derecho a la normalidad de la práctica?

No tenéis que responder si no queréis, esto es sólo una reflexión mía en voz alta... Me conformo con llamar a alguien más a reflexionar un poco sobre el tema. Y, si fuera a algún ginecólogo, mejor aún.


martes, 30 de julio de 2013

Mi primer parto


"Mi primer parto"...

Cuando alguien me pregunta por mi primer parto es casi como si hablara de la historia de otra, puede que de algo que vi en la tele. Tal vez sienta que miento porque, en realidad, mi primer parto no fue ninguna de ambas cosas.

Para empezar, no estoy segura de que fuera un parto. Un parto es un proceso fisiológico natural, en el que el bebé que está listo para nacer baila compasado en cuerpo y espíritu con su madre para conocerse al fin y conocer otros abrazos, otros besos, otra piel. No… Aquello no fue un baile. Aquello fue un procedimiento médico. Una rutina. Un papeleo. Un desdén hecho proceso.  Aquello no fue un baile.

Mi primer parto no fue un parto. Y, desde luego, fue de todo menos mío. Fue de una ginecóloga que me llamaba “niña” justo antes de quitarme razón, inteligencia y valor en cada bochornosa exploración. Fue de un camillero que me trasladó antes de tiempo a un área de dilatación lleno y que me obligó a estar tumbada y desatendida durante una hora en un hall que parecía el Starbucks de Plaza España en hora punta. Fue de un séquito de personal cuyas caras ni recuerdo, administrándome todo sin consultarme nada, sondándome a mí y monitorizando a mi bebé, impidiéndome moverme. Fue de un anestesista socarrón que me riñó como reñía Rottenmayer a Adelaida por moverme mientras me incrustaba un banderín en la espalda. Por suerte, también fue de una mano entrada en años (y experiencia) que se prestó a ser sujetada por las mías mientras me ponían una anestesia que yo había repetido mil veces que no quería. Fue de unos pómulos que sobresalían bajo unos ojos inquisidores que prohibieron a mi marido acompañarme en el momento más importante de nuestra vida. Fue de quien se llevó a mi bebé. Fue de quien me contestaba como si fuera una cría impertinente cada vez que durante las siguientes cuatro horas, que pasé sola, preguntaba por qué aún no estaba con mi hijo. Fue del artista que dejó en mi cara de recién parida pinceladas distraídas de tristeza. Fue de quien me quitó el derecho a darle la bienvenida en mis brazos, donde él esperaba. Fue de una torre entintada de burocracia. Fue de todo el jodido hospital, menos mío.

Sólo nacemos una vez y tenemos derecho a hacerlo con dignidad. Eso es lo que quiero para mis hijos. Lo que querré siempre para ellos. Que nazcan como quiero que vivan el resto de su vida: felices, plenos, colmados. Disfrutando cada momento como único, como un fin y no como una transición. No como un paso. Mucho menos como un mal trago. Quiero que vivan con intensidad y que sus experiencias sean auténticas, todas y cada una de ellas. La mayoría no dependerán de mí, pero esta ha de ser nuestra y nunca más me robarán ese regalo. A Hugo ya no puedo dárselo y me pesará toda la vida -no sé si haya en el mundo abrazos suficientes para compensarle esa falta, pero prometo intentar dárselos sin escatimar uno solo-.

Esta vez será distinto. Esta vez la vida me demuestra que existe la energía, la armonía y el equilibrio. Esta vez la oportunidad se presenta en forma de regalo infitino, de conjunción de fuerzas, de magia de hadas y salvajismo femenino. Esta vez recordaré que somos fuertes y que nosotras podemos decidir. Esta vez nadie me quitará el primer regalo que le harán a mi bebé, algo que no debería ser un regalo extraordinario, sino un derecho absoluto.


Me llamo Jessica, y esta vez seré animal antes que mujer. O acaso, esta vez, seré más mujer que nunca.



Lámina de Noe San

domingo, 21 de julio de 2013

Veintitrés



He tenido un sueño maravilloso:

Despertaba de madrugada en nuestra cama. Estábamos solos tu hermano, aún dormido a mi lado, y yo. Papá ya se había ido a trabajar. Yo sabía que me había despertado una contracción: me había puesto de parto. En el total, absoluto, acogedor silencio, me ponía de rodillas y apoyaba los antebrazos en la pared sobre el cabecero de la cama. DOS contracciones. Sólo dos. Largas, profundas, intensas y emocionantes. Te noté bajar con cada contracción, abrirte paso a través de mis paredes. Gemí dulce y verdadera, como en el acto que te engendró pero con un gemido para el sexo desconocido. Para mí desconocido. Para la carne desconocido. Así se ha de gemir cuando gime el alma. Sólo dos y te recogí con mis manos. Eras un niño. Por primera vez desde que sé de nosotras no te he sentido una niña. Tu hermano dormía y yo no tenía prisa por sacar nada más de mí, así que te envolví en mi pecho y seguimos durmiendo abrazados los tres. Mi último pensamiento fue para tu padre: no se lo creería cuando llegara a casa.


La peor parte de los sueños maravillosos es que indefectiblemente se terminan. Desperté feliz, sintiéndome el animal más mágico y salvaje que habita el universo. Y poco a poco, como se va el sabor del postre con cada sorbo de café, la realidad volvió a golpearme en el pecho para recordarme que eso no sucederá. Me angustia tanto, cariño, pensar que volveremos a estar a merced de las necesidades de otros y no de las nuestras… Pero mamá te promete que va a pelear para que nuestro parto sea nuestro. Muy nuestro y solo nuestro… 

Veinte



Ha hecho muchísimo calor hoy. No estaba segura de que fuera a pasar, pero sí: los pechos me vuelven a crecer, como preparándose para rebosar otra vez. He sudado mucho, por primera vez algo incómoda. Llegué a casa con unas ganas tremendas de ducharme. Olía mi propio sudor. Me quité la camiseta. Me quité el sujetador. Huelo mucho. Huelo mucho. Pero este olor… Este olor no es sudor. Este olor es dulce. Reconozco este olor. ¿Será posible? ¿Será verdad? Y entonces me aprieto el pecho y… ¡Leche! ¡De nuevo leche! ¡Qué felicidad!

De la pura alegría salí corriendo del baño, desnuda, saltarinas tetas al viento, para enseñárselo a papá. Y claro, Hugo vio pasar una teta y allá que se enganchó. Le pregunté si salía leche y vuelve a decir que sí, ¡y que está muy rica! Me vuelvo a sentir yo, me vuelvo a sentir la yo que soy de verdad, como si las últimas semanas sólo hubiera estado esperando a que llegara este momento. Los que no entendieron mis lágrimas cuando la leche se fue tampoco las entenderán ahora que ha vuelto. La vida al fin, hija, consiste en eso: en emocionarse con lo que te quita y con lo que te da.

Vuelvo a ser fuente, y tierra, y semilla y árbol y fruta y lluvia y viento y madre,  e hija. Vuelvo a ser todo lo que puedo ser y todo lo que quiero ser. Vuelvo a ser yo. Volvemos a ser nosotros.

martes, 11 de junio de 2013

Quince


Hoy tu hermano ha venido a pedirme teta. Ha levantado la camiseta, me ha acariciado la barriga y ha dicho un perfecto “¡Hola, Bebé!”.


Qué ganas tenemos de tenerte, de completarte y que nos completes. Pero aún no, cariño. Aún eres mía. Somos sólo nuestras. Ya te siento. Como una burbuja atrapada en una botella casi llena, que baila a veces desorientada buscando su sitio en el espacio ingrávido e infinito de mi útero. Cuánto me gusta saberte conmigo. Cuánto me gusta saberme tu madre.

lunes, 3 de junio de 2013

Diez


Qué diferente es todo. Cuando estaba embarazada de tu hermano estaba embarazada veinticuatro horas al día. Ahora es como si sólo estuviera embarazada cuando me acuerdo.
Cuando me llamaron por teléfono para citarnos para la primera ecografía apunté fecha y hora mientras hablaba (5 de abril. 11:15 am.) Cuando colgué me quedé un buen rato mirando el papel. “Es verdad. Estás ahí. Y te voy a ver”.



Hugo, Papá y yo fuimos en familia a verte por primera vez. Papá tenía a Hugo en brazos frente a mí, frente a nosotras, y vieron la pantalla antes que yo. Entonces pasó. Encendieron el audio. Tu corazón. Tu perfecto corazón nos gritaba tu presencia. Te oía a ti mientras veía a tu padre y a tu hermano. Y entonces comprendí. Ya somos cuatro.

martes, 28 de mayo de 2013

Ocho



Ni una gota de leche. Sabía que podía pasar, pero… No te lo voy a ocultar. No se lo voy a ocultar a nadie: estoy triste, muy triste.

Tengo mucho miedo. No estoy preparada para esto. No me siento nutritiva. No me siento tierra. No me siento nada. Mis fuentes, mis hermosos manantiales, se han secado  y me asusta horriblemente pensar que tu hermano se pueda destetar. No imaginas, nadie imagina, cuantísimo deseo que a pesar de ello tu hermano siga queriendo su amada teta…  No estoy preparada para abandonar esto. No estoy preparada para romper este lazo. No estoy preparada para no regalarnos (a los tres) nuestro tándem. Me apetece llorar y, por supuesto, he llorado.

“Y qué más da. Ya le has dado mucho tiempo”. No dejes que nadie, ni siquiera yo, te diga nunca por qué has o no has de llorar. Muchas veces, muchas personas, no entienden sus propios sentimientos. No esperes que entiendan los tuyos. Tus lágrimas, mi cielo, siempre serán tuyas. Haz con ellas lo que te plazca.



viernes, 24 de mayo de 2013

Seis



Estoy gorda. La báscula sube y yo sé que estás ahí.

Me miro al espejo y me redescubro. Estoy gorda, poderosa curvilínea. Soy una diosa fértil y me quiero más por tenerte nadando en mi interior. Soy la Jessica grande, la Jessica madre. Soy la engendradora de la reina de las hadas, del indómito león de alma poeta, y por ello soy magia: porque tú eres magia creciendo, convirtiendo en irreal y paralelo todo lo que has decidido que ha de estar en tu camino.

Ahora tengo miedo, pero sólo a veces porque la ilusión se abre paso, irremediable y arrolladoramente, como una luz nuclear: irrefrenable. Inevitable. Y a pesar de todo tan hermosa…

Tu hermano ha sido el primero en saber que vienes y serás de todos. En saber que tenemos un bebé. Y ahora cuando pide teta las reparte generoso con un “Este teta tú. Este teta bebé.” Hugo, generoso, empatía pura, me ha hecho darme cuenta: serás el gran regalo que le haremos a tu hermano. Él será el gran regalo que te estará esperando. Y ambos seréis el gran regalo que le dejaremos al mundo: dos maravillosas personas que aportarán amor, magia y color al mundo gris en el que se ha convertido este lugar.



lunes, 8 de abril de 2013

Tres






Creía que estaba tranquila, pero ahora que cada vez es más una posibilidad según me acerco a casa empiezo a impacientarme. Casi hasta me molesta físicamente tener que subir las escaleras. César no entiende que tenga que ser ya, creía que esperaría a mañana, pero sé que esto es fiable y yo no puedo seguir esperando. Esta impaciencia me va a matar.

Siempre me he sentido un poco ridícula con estas cosas. Supongo que si fuera un hombre sería más fácil, pero es que nunca sé a dónde empezar a apuntar. Y tampoco estoy muy segura de en qué momento detenerme. Rasgo el paquete y leo las instrucciones. Como si no supiera de sobra cómo funciona. Vamos allá. ¡No! No, aún no. Mejor me recojo el pelo. Joder, me voy a mear encima de los nervios. Hala, una coleta bien mona para que no se me caiga todo el pelo encima de la cara. Ahora sí. Vamos allá. Apunta, dispara, espera, quítalo, pósalo, espera… Dios, esto es lentísimo. Espera. Einstein, qué bien afinaste sin conocer estos cacharros. Llegas a conocerlos y tendríamos teoría unificada. Espera. El reloj parpadea. El mío interno ha debido detenerse. Espera. Ha pasado ya un minuto. Todavía un minuto. Ahí está, con letras prístinas como estrellas, ¡oh, sabia tecnología! “Embarazada”. Pero aún ha pasado un minuto. ¿Quedan dos? En la pantallita cabe un “No” delante de ese “Embarazada”. Que no salga. Que salga. Que no salga. Sale algo más. “Embarazada. 2-3”. Ostia… Sonrío. Me embarga. Casi lloro. Y de pronto “Oh dios… Qué hemos hecho.”

Me voy al salón. Tu hermano duerme en el sofá y tu padre ha tenido que saberlo nada más verme. Por aquello de que yo entré primero y mi mandíbula arrastrándose tres metros por detrás. Le pongo el test delante, apoyado en la mesa, y me siento en la sillita azul en la que come tu hermano. “¿Qué piensas?” ¿Me pregunta qué pienso? ¿Tengo que pensar? ¡No soy capaz de pensar! “Embarazada. 2-3”. Me quedo un buen rato mirando esa pantallita en silencio, intentando descifrar qué significa. Significa que estoy embarazada. De entre dos y tres semanas. Sé exactamente qué día fue: ese día que tentamos a la suerte y nos permitimos ser un poco irresponsables, bajo la premisa de “ya sería coincidencia”. Coño, pues fue. Significa que todo va a cambiar otra vez. ¿Significa que voy a querer menos a tu hermano? ¿Que voy a dedicarle menos tiempo? ¡No estoy preparada para quererle menos! ¡No estoy lista para quitarle tiempo! Ya lo entiendo. Significa que tengo miedo, hija. No sé muy bien a qué, pero tengo miedo.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Recién Parida




En nuestra página de Facebook, lo sabréis quienes nos visitáis de vez en cuando por allí, muchas mamás y algún ocasional papá comparte con nosotros alguna pequeña maravilla, ya sea en forma de pregunta, anécdota o fotografía. Pero esto que Rayen, del blog Amaruza Textual, nos dejó el sábado me hizo empezar el fin de semana con esa sonrisa nerviosa de quien siente que le arrancan de dentro un profundo sentimiento para convertirlo en letras. Y ahí estaba yo, mañana de sábado, cuando mi chico entró en el salón: con un niño en la teta izquierda, el móvil en la mano derecha y una explicación nada elocuente para justificar mis lágrimas.

Con el expreso permiso de Rayen, comparto este sublime relato con vosotros:


Me ha sorprendido mucho ver tu cara en las fotos. Esa cara de recién parida, reconocible a kilómetros. Debes estar pensando que tu semblante se quedará así por siempre, y aunque la idea sea aberrante, tienes algo de razón, porque lo reciente pasará, pero la cara de madre será tu cicatriz eterna: no tiene nada de fácil haber descubierto en qué consiste dar la vida.

Regreso a las imágenes. Te ves básicamente cansada, tanto que uno pensaría imposible sostenerse en pie albergando tanto agotamiento. Sin embargo se te ve feliz, llena de una extraña luz que lejos de ser brillante resulta cándida y amplia, como si te hubieses convertido en un atardecer enorme que suaviza los bordes de todo. Él, al contrario, está lleno de energía, y eso duele. Quema estar tan infinitamente quebrada mientras el ”orgulloso padre” se desborda sobre sí mismo cargando por primera vez ese órgano palpitante que tu cuerpo acaba de expulsar. Tuyo, ese trocito tuyo que hasta hace muy poco sólo conocía las paredes internas de tu cuerpo, los sonidos de tu corazón hinchado y tu respiración forzada. Tuyo y ahora de la cámara que lo persigue. Tuyo y de tanta gente que quiere llevarlo en brazos sin tener el más mínimo mérito. Tan tuyo y ahora del mundo. Es imposible sufrir más. 


Y aceptas de buena gana la ayuda del entorno, porque te duele el cuerpo, o la sutura, o el aguijonazo de la anestesia, o el nuevo pecho preparado para estallar, o todo eso junto: pero más te duele el vacío en el vientre, ese hueco parecido a una incertidumbre eterna que llevas dibujado con detalle en la cara. Cara de parida, la cara de un ser humano que ha perdido por completo el valor de lo pasado, porque ahora solo existe fuera de su propio cuerpo.

Por eso se te ven los ojos perdidos, porque lo único que realmente pueden mirar es esa criatura en carne viva. Esa piel nueva que eres tu misma y te recuerda con su vida que has perdido parte de la tuya. Ese puntito del universo que le arrebató la importancia al resto. ¿Quién podría habértelo dicho? Y si existiese un Dios elocuente que te hubiese pintado esta realidad ¿le hubieras creído? Esto no se puede entender antes. Lo verás en los ojos de la mujer sin hijos, lo verás en la inocencia de la embarazada… lo reconocerás ahora en la cara de la recién parida.

A ti, mujer que has roto tu cuerpo para entregarlo todo; a ti que seguramente sientes haber perdido, cuando realmente has ganado; a ti que lloras por dentro tanto como sonríes por fuera; a ti, madre, te regalo una idea borrosa que podrá sonar a ilusión lejana: ese dolor alegre que te aprisiona, se llama amor: conseguirá poco a poco nuevas vías por las cuales fluir, y eso, además de aliviarte, fortalecerá tu cría. Jamás dejará de doler, pero ya no arderá, ya no habrá daño. Entonces, un día cualquiera, te regalarán una sonrisa… en ella reconocerás lo grande y valiente de tus propios actos, y sabrás que la etapa de estas fotos, ya pasó.

Fuerza,
Rayén.